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Open de Australia 2014. Jornada 14: LA FINAL

Stanislas Wawrinka se proclama campeón del Open de Australia (6-3, 6-2, 3-6, 6-3) y consigue el primer Grand Slam de su carrera. Rafa Nadal, afectado por una lesión de espalda, aguantó hasta el final pese al dolor que arrastraba desde el segundo set. El suizo, único jugador invicto esta temporada, amanecerá mañana siendo Nº3 del ránking ATP.

El primer Grand Slam de la temporada ya tiene dueño

26 de enero de 2014 . JORNADA 14
FINAL

Flag of Switzerland.svg Stanislas WAWRINKA [#8]   VS   Flag of Spain.svg Rafael NADAL [#1]   (6-3, 6-2, 3-6, 6-3)

Dicen que lo bonito del deporte está en la competencia, la rivalidad, la duda de quién va a ganar. La esencia está en que partido tras partido, el aficionado se presente en el estadio para ver una nueva película con un distinto final. Hoy por desgracia, el público del Rod Laver Arena no pudo disfrutar de esto. Una lesión de Rafa Nadal en el segundo set dejaba la final vista para sentencia a favor de un Stanislas Wawrinka que le había pasado por encima en la primera manga. Nunca sabremos qué hubiera podido pasar si la espalda del español no se hubiera resentido. Estas cosas también forman parte del deporte.

Ya lo había dicho Wawrinka ayer en la sala de prensa: "Si quiero ganarle a Nadal tengo que ser agresivo y aprovechar mis oportunidades". El suizo se tomó al pie de la letra sus palabras y las tradujo sobre la pista desde el primer minuto. Era su primera final de Grand Slam pero aquello parecía el patio de su casa. Se movía como pez en el agua, golpeaba a la pelota con una confianza extraordinaria y jugaba con las líneas como un bebé con su sonajero. La superioridad era salvaje, nada podía hacer el español, solo esperar a que el helvético bajara el nivel de su tenis. 

Aquel primer parcial había ido demasiado rápido. Un break en el cuarto juego fue suficiente para que Wawrinka atizara el primer gancho de la final (6-3). Y ya se sabe, quien golpea primero, golpea dos veces. El de Lausana disparaba flechas con su derecha y latigazos con su revés. Con el saque tampoco daba ninguna oportunidad de quiebre. Jugando así poco o nada se podía hacer. Todo el mundo estaba viendo en directo cuál era el secreto para derrotar a Rafa Nadal: rozar la perfección. ¿Sencillo, no? Para nada. Pero tampoco sorprendía. El suizo venía de hacer un torneo espectacular, ofreciendo en cada partido una master class de técnica y estética, venciendo desde el rival más débil, hasta todo un Novak Djokovic. El número ocho del mundo parecía el número uno. 


El suizo no entendía  lo que estaba pasando
En la reanudación más de lo mismo. Stan continuaba imponiéndose de manera sobresaliente en cada punto y lograba romperle el saque a su rival en el primer juego. Intentó reaccionar Nadal pero estaba siendo devorado por un animal, Stanimal. La prensa deportiva española tampoco había ayudado mucho con calificativos como "Zampabollos", "el gordito", "el suizo con teticas", o incluso el diario MARCA titulando en portada con "Un suizo para desayunar". El exceso de confianza se estaba pagando muy caro sobre la pista, donde verdaderamente hay que hablar. Aquel "gordito" tenía hambre de verdad, tanto apetito como para engullir sin problemas a un trece veces campeón de Grand Slam. Pero todo iba a cambiar cuando marchaban 1-2 en el marcador. El balear acababa de apuntarse su primer juego del segundo set cuando abandonó la escena camino de los vestuarios. Entonces estalló la polémica. 

Wawrinka lo pagó con Carlos Ramos, el juez de silla. El suizo no entendía nada, pedía explicaciones sobre dónde estaba su rival y por qué se había marchado a las duchas. El juez no daba respuesta y el helvético no daba crédito. Había hecho un primer set excepcional, tenía el segundo encarrilado, pasaba por su mejor momento del partido y le habían puesto un muro delante para frenarlo. Mientras, Nadal era atendido por su fisioterapeuta debido a unos dolores en la espalda que acabarían siendo protagonistas en la final. Antes de marcharse ya había dejado algún gesto de dolor y malestar. Las alarmas sobre una posible lesión saltaron en el Rod Laver Arena y se confirmaron cuando el español reapareció ante los 15.000 espectadores que abarrotaban el estadio.


Otra vez las lesiones atacaban al número uno del mundo
No podía sacar, no podía saltar, no podía correr, no golpeaba a gusto y su rostro reflejaba que aquello era el final, su final. Wawrinka tenía miedo de haberse salido del partido. Parte de su energía la había malgastado en discutir con el árbitro y perder la concentración acumulada durante toda la noche anterior. Se situó en la línea de saque y en un minuto resolvió con su servicio. Luego "sacó" Rafa, puesto entre comillas porque lo hizo a una velocidad media de 125km/h y 140km/h. Su deteriorada espalda le imposibilitaba hacerlo más rápido. Otro break y media final en el bolsillo. 6-3, 6-2 para el suizo que estaba a solo un paso de la gloria. Aquello se había convertido en un drama en el que Rafa era el toro herido y a Stan le tocaba dar el último estacazo. La retirada hubiera sido lo más normal viendo el estado físico del español, pero justo eso fue lo que le hizo aguantar, su identidad. El toro, caracterizado por su casta, todavía veía alguna posibilidad de triunfo, por pequeña que fuera, y se resignaba a abandonar aquella plaza sin, al menos, una última corrida. 

El comienzo de la tercera manga fue para enmarcar. Tres juegos consecutivos para el hombre que competía caminando, que jugaba colmado de antibióticos contra el dolor, que luchaba contra sí mismo por ocultar aquel calvario y disfrutar de una final que se había vuelto una pesadilla. Fue entonces cuando encontró en la cabeza de Wawrinka a su mejor aliado. El helvético se sentía descolocado ante la actuación del manacorí y su pundonor desde el otro lado de la red. Debería estar rendido en el banco, aceptando la realidad, pero no, allí estaba pasando bolas como podía y consiguiendo ganarse al público con su lucha y corazón. De repente, el papel de favorito cambió de lado y eso le perjudicó a Stanislas, que se vio inmerso en un traje que no era de su talla. 6-3 para Nadal que veía como un rayo de esperanza se colaba en la función donde a punto había estado de cerrarse el telón. La pelea y el sufrimiento había dado sus frutos, había logrado sumar al menos un set, el del honor, como en las otras 18 finales de Grand Slam que había disputado en su carrera. ¿De verdad era posible darle la vuelta a la situación? 


Wawrinka tocó el cielo en Melbourne
Wawrinka despertó de su letargo. Se negaba a darle alas al español, no más de las que ya le había dado. En el cuarto set volvió a verse el suizo del principio del encuentro, contundente con su saque, violento con su revés y matador con su drive. Rafa se mantenía en su línea, soportando su tortura particular y batallando por el título hasta que el cuerpo dijera basta. El suizo se adelantó en el 4-2. Rafa le devolvía el quiebre, 4-3. Allí estaban, compitiendo de tú a tú pese a las desigualdades obvias de sus cuerpos. Apretó el helvético, que capturaba otro break con 5-3 y sacaba para culminar aquella obra. Lo hizo con el mayor oficio posible, 40-0 y sin titubear. Había entrado a formar parte de los más grandes, esos pocos elegidos capaces de levantar un Grand Slam en este deporte. Sin embargo, no quiso celebrarlo con demasiados aspavientos. La deportividad y lealtad que había entregado su rival en los tres parciales anteriores, se los devolvía ahora el de Lausana reconociendo que sin esa maldita contusión, el partido hubiera sido otra historia. 

Y así terminó la "casi" hazaña de Rafael Nadal. Pero no fue una derrota más, ni una derrota cualquiera. No era el campeón pero había salido ganando de aquel partido. Pese a que esta vez le tocó ser el toro malherido, había salido a hombros con todos los honores. El Rod Laver Arena, que antes le había pitado por marcharse a vestuarios, ahora le aplaudía por su esfuerzo y compromiso. Hace cinco años en aquel mismo territorio provocó el sollozo de Roger Federer, impidiéndole superar los 14 grandes de Pete Sampras. Qué enigmática es la vida, que hoy las lágrimas brotaban de sus ojos y era él quien se quedaba a un solo Major de igualar al genio americano. Sin duda, un capítulo negro en el libro de oro del manacorí, pero que le ayudara a crecer y a superar futuras adversidades. En su cabeza está ser el mejor de este deporte y cuando a Rafa se le mete algo entre ceja y ceja, lo suele conseguir.

En la otra cara de la moneda, celebraba el helvético algo con lo que jamás había soñado. Su primera final de Grand Slam, ante el número uno del mundo, desplegando el mejor tenis del torneo y ganando el título de manera más que merecida. No había ni una sola mancha en aquella hoja escrita con la tinta de su derecha y el brillo de su revés. Con 28 años le había llegado la madurez, gran parte de culpa corre a cargo de Magnus Norman, y se había hecho un hueco entre el resto de leyendas que acaudillan el mundo de la raqueta. Mañana se levantará y solamente dos bólidos podrán mirarle por el retrovisor en el ránking ATP: Rafa Nadal y Novak Djokovic. Curiosamente, verdugo de ambos en el reciente título obtenido. Una nueva estrella ha nacido. Mejor dicho, ha renacido. Los mimbres ya los tenía, hacía falta ordenarlos y ponerlos a funcionar. Esto solo es un aviso para el resto de temporada: Stanislas Wawrinka ha llegado tarde a la cima, pero ha llegado para quedarse. 

Después de muchas derrotas, llegó la gran victoria

Para más información sobre el Open de Australia, podéis visitar la sección TENIS en Plusmarca.es o seguirme en twitter: @fermurciego

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